Cuba

¿Un secreto a voces?

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“Y si no me vuelves a ver (…) pon un libro —el libro que te pido—, sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. Trabaja. Un beso. Y espérame”. Carta de José Martí a María Mantilla, 9 de abril de 1895.

A los 14 años, cuando recibió la noticia de que su padrino José Martí había muerto en combate sin más protección que un retrato suyo cerca del pecho, María Mantilla no tuvo conciencia plena de la conmoción telúrica que suponía aquella pérdida, no solo para Cuba, sino también para su vida ulterior.

Iba a ser mirada desde entonces como la hija espiritual de un hombre a quien la vida no le alcanzó para aclarar su dilema ético: ¿era aquel cariño desmesurado el de un padre que prodigó a María los afectos que no pudo entregar a su hijo? ¿Fue ella la prueba tangible de una unión ilegítima que contradecía los cánones de la época y hasta los principios de Martí?

El asunto se mantuvo durante décadas silenciado por la complicidad de muchos. Referencias más o menos veladas se escurrieron en declaraciones de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, Juan Marinello o Nydia Sarabia, pero ninguna de ellas resultó tan categórica como la confesión de la propia María Mantilla, quien sostuvo en 1959 un intercambio epistolar con Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo del secretario de Martí, en el que se declaraba descendiente del Apóstol.

Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí”, rubricó sin medias tintas la mujer que hasta ese momento había mantenido en el más profundo ostracismo el secreto de su familia. Sin embargo, María Mantilla no consiguió mantenerse impasible ante la historia de cierto personaje que se pretendía vástago del Héroe Nacional y lo proclamaba a los cuatro vientos en la prensa de la época.

A vuelta de correo, la respuesta de Gonzalo: “Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza”.

La certidumbre de María Mantilla, que apenas sobrevivió tres años a una afirmación de semejante envergadura, pudo fundamentarse en las confidencias de su madre o en la aureola de especulaciones que la rodeó siempre: de todos los misterios, es el menor.

Lo cierto es que, hija biológica o no, fue invitada expresamente a las celebraciones organizadas en Cuba por el centenario del natalicio de José Martí, alentó en su familia la devoción por la figura del Apóstol y murió en 1962 sin poder demostrar al mundo, con el salvoconducto de una prueba científica, quién fue su verdadero padre.

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Universidad de Sancti Spíritus ¨José Martí Pérez¨

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