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La señora que me ayuda en la casa

Escrito por  Vladia Rubio / CubaSí ¿Quiénes son las cubanas que hoy realizan el trabajo doméstico remunerado a domicilio? ¿En qué se diferencian de las que asumían estas faenas al […]
Escrito por  Vladia Rubio / CubaSí

¿Quiénes son las cubanas que hoy realizan el trabajo doméstico remunerado a domicilio? ¿En qué se diferencian de las que asumían estas faenas al llegar enero de 1959?

“Busco trabajo como doméstica en casa u hostal. Tengo 40 años, buena presencia física y soy muy responsable. He trabajado como doméstica durante dos años, en los cuales me he desempeñado con mucha responsabilidad y eficiencia. Además, he tenido la posibilidad de trabajar en varias paladares particulares como cocinera. Puedo realizar todas las actividades domésticas”.

“Busco doméstica para trabajar en casa de renta, que sea de mucha confianza, puntual en su trabajo, tal vez de día y de noche”.

“Requisitos: Muchacha joven con buena presencia, responsable, seria, sin complicaciones de ninguna índole, que su único objetivo sea trabajar”.

Estos anuncios han sido publicados en algunos de los sitios web consultados hoy por los cubanos  para compra-ventas, permutas y contratación de servicios.

Son reflejo de un fenómeno en aumento que actualmente acontece en la Isla, particularmente en La Habana.

Paradójicamente, apenas se ha escrito o investigado sobre las trabajadores domésticas remuneradas en la Cuba de hoy. Una especie de burbuja parece silenciar o desconocer el asunto, condicionada por erróneos temores a ensombrecer las conquistas en el ámbito del empoderamiento de la mujer y la equidad social.

Ayuda también a mantener turgente esa burbuja de silencio la visión machista y androcéntrica que continúa permeando una buena parte del pensar y accionar de la sociedad, relegando a segundo plano temas como este, por considerarlo de escasa relevancia.

Para ver el fenómeno desde ángulos diferentes quizás habría que levantarse a las 5:30 am., como cada día hace Dayamí, preparar y llevar a los jimaguas para la escuela, dejarle listo el almuerzo al padre postrado para que se lo dé la vecina, y partir en una guagua repleta atravesando media ciudad, para pasarse una jornada completa limpiando un piso ajeno, fregando platos y calderos de otros.

Un ensayo de Magela Romero Almodóvar, profesora auxiliar del Departamento de Sociología de la Universidad de la Habana, publicado digitalmente en 2014 por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) es de los pocos acercamientos públicos desde la ciencia que da cuenta de este acontecer.

La estudiosa asegura que “si bien las domésticas antes del triunfo de la Revolución, se caracterizaban en términos generales por ser mujeres adultas, negras y mestizas, casadas, con hijos a mantener, poseer niveles de instrucción escolar muy bajos, pertenecer a las capas más humildes de la población y tener pésimas condiciones de trabajo, sin un marco jurídico que les amparara como trabajadoras (…); Hoy el panorama se presenta diferente…”

Entre las muchas diferencias entre la actualidad y décadas pasadas, apunta la situación demográfica que hoy vivimos. Una población cada vez más envejecida necesita, además de cuidadoras –otra figura sobre la que valdría una aproximación periodística futura- también quien ayude con las labores de la casa a cambio de una remuneración.

Son variadas las formas de llamarle a esta figura: empleada o asistente doméstica, empleada del hogar, auxiliar doméstica, o, simplemente, doméstica.

Aunque la Real Academia Española en su décima acepción dice que asistenta es la “Mujer que sirve como criada en una casa sin residir en ella y que cobra generalmente por horas”, el término “criada”, por su carga peyorativa, no se utiliza aquí en el diálogo cotidiano, y si se menciona, es en voz muy baja.

Fueron tantas las cargas simbólicas y los signos negativos que tiempo atrás rodeaban ese trabajo, que incluso en el presente, al referirse a quienes lo desempeñan, no son muchos los que comentan abiertamente sobre la doméstica que tienen trabajando en casa. Prefieren decir “la señora que me ayuda”.

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Aunque la palabra doméstico proviene del latín Domus, que significa casa, el sustantivo doméstica también podría haber quienes lo emparenten con domesticar y domesticada. Pero no es esa una ocupación vergonzosa. Vergüenza debería dar prostituirse o robar, pero no ganar una paga honradamente. Además, aun cuando supone ciertas relaciones de desigualdad atendiendo a variables que podrían ser género, raza y poder adquisitivo, entre otras; no hay por qué asociar este servicio exclusivamente al capitalismo, ni tiene que resultar necesariamente antagónico con el socialismo.

Vale subrayar cuán importante y a la vez subvalorado resulta, ya sea protagonizado por aquellas contratadas por una agencia empleadora estatal, que por trabajadoras con o sin licencia. Lo cierto es que a nivel institucional no es posible hoy dar respuesta a las demandas de estos servicios, los cuales, a su vez, son imprescindibles para la subsistencia de la vida y de muchos negocios.

¿Quiénes son, y están todas las que son?

El ensayo ya mencionado de la profesora Magela Romero Almodóvar, recuerda que a partir de los Lineamientos del 2011 y de la nueva apertura al trabajo por cuenta propia ocurrió un “crecimiento exponencial” del personal doméstico en la Isla. Si en septiembre de 2010  solo existían 211 licencias para esas labores, al terminar 2013 sumaban 3 149 las personas con aprobación para ejercer ese trabajo, detalla.

La estudiosa precisa que ese grupo de domésticas inscritas podrían integrarlo unas 11 021 mujeres.

A diferencia de etapas anteriores, una de las formas que utilizan hoy para promover sus servicios es anunciarlo en las redes sociales y en portales digitales, recursos a que también apelan quienes están requiriendo de ese personal.

Aunque este empleo de la tecnología pareciera indicar un avance de cara a la contemporaneidad, Romero Almodóvar llama la atención sobre cómo algunos de tales anuncios y convocatorias pudieran entrañar determinados retrocesos: “La indefinición de tareas por asumir, el pernoctar y sólo tener libres los fines de semana, la necesidad  de contar con recomendaciones para pasar a un proceso de entrevista, son algunos de los más preocupantes…”

Se trata hoy de un sector heterogéneo cuya diversidad la condicionan los lugares en que trabajan y la situación financiera de sus empleadores, pero, sobre todo, al decir del texto citado, “sus estilos de vida, percepciones de lo cotidiano y proyecciones futuras”.

Como tendencia, ejercen estas funciones en la capital cubana,  sus edades fluctúan entre los 17 y 45 años, tienen una escolaridad de nivel medio superior  y hasta ocupar ese puesto permanecían desvinculadas, trabajando como domésticas en su propia casa sin recibir remuneración alguna. Asimismo, tienen a su favor un marco jurídico laboral que las protege, siempre y cuando, acota la investigadora, hayan oficializado su condición como cuentapropistas.

Entre los rasgos comunes que las identifican -como tendencia, se insiste- está también el recibir elevados pagos. “Sus remuneraciones pueden hasta quintuplicar el salario medio de la población empleada en el sector formal de la economía”, afirma la estudiosa.

Sin embargo, Dayamí -la doméstica mencionada en los primeros párrafos y cuyo real nombre pidió reservar-, refirió a esta redactora: “Es verdad que me pagan 35 cuc al mes, pero ni te imagines que es para gastármelo en perfumes y vivir la vida. La casa esa es de dos plantas y tengo que limpiar, cocinar, lavar y planchar para cinco personas, incluyendo un niño súper malcria’o.

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“Si a los 15 años me hubieran dicho que mi futuro iba a ser este… Pero la vida me ha llevado recio. Mira, ahí está mi título de técnico medio en informática, pero divorciada de alguien que casi ni se ocupa de sus hijos, y sin más familia que me ayude, ¿cómo iba a mantener a mis dos hijitos y a mi padre? Así y todo, no creas, apenas puedo”.

La mujer de 29 años se queda mirando al piso por un momento, silenciosa. Luego, alzando la cabeza y con una medio sonrisa asegura: “Pero aquí me ves, luchando, hasta que se seque el Malecón.”

Ojalá no tenga que secarse el Malecón para que su sonrisa deje de ser amarga. A propósito, la investigadora  Romero Almodóvar indica que “no podemos pensar que la mayoría de las domésticas en Cuba está conforme con su situación y se siente realizada con lo alcanzado. No debe olvidarse que la generalidad de las veces sus contratos se enmarcan en relaciones de poder asimétricas; estos no son garantía de un empoderamiento real y les pueden conducir a situaciones de vulnerabilidad (…) Además, a menudo el dedicarse a estas labores les genera contradicciones con sus sueños o los de sus progenitores.”

Agrega que en oportunidades se enfrentan a extensas jornadas de trabajo que a veces incluyen tareas no pactadas de antemano. A la vez, ocasionalmente pudieran ser víctimas de sutiles violencias, expresadas, dice, en actitudes de discriminación, irrespetos, humillaciones o subvaloraciones.

Vaya usted a saber ese niño malcria’o que cuenta Damayamí, cuántas veces pasó corriendo por el pasillo que ella estaba limpiando o le exigió algo, olvidando los imprescindible “por favor” o “gracias”.

La investigadora llama la atención sobre el escaso debate acerca de posibles retrocesos que puede traer aparejada la inserción de un número significativo de mujeres en esta labor; sobre todo teniendo en cuenta que ello pudiera potenciar la (re)producción de desigualdades de género, socio clasistas, raciales y otras.

No obstante, insiste en el respaldo legal que tienen las domésticas en el caso de que su trabajo esté oficialmente reconocido mediante licencia y, a la vez, insta a que aquellas que permanecen de manera informal ejerciéndolo, se acojan a la legalidad con los beneficios de amparo y protección que les reporta.

No son pocos los prejuicios que han marcado desde siempre el trabajo doméstico remunerado, y el no remunerado también, pero la indagación de Almodóvar se suma a aquellos que desde las ciencias sociales y otras disciplinas buscan enfatizar “el valor social y económico de estas tareas, así como de quienes las realizan”.

Al mismo tiempo, llama la atención sobre cómo en situaciones de crisis y/o restructuración, tienden a acentuarse las brechas de desigualdad asociadas a la distribución y apropiación de los recursos y riquezas, así como a la concreción en la práctica de garantías y derechos formalmente institucionalizados.

Acerca de jmanuelr

Universidad de Sancti Spíritus ¨José Martí Pérez¨

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