Ajiaco

¡Tira tu pasillo! …o míralo tirar

Escrito por  Yuris Nórido/ CubaSí

Este domingo concluye la primera edición del concurso Bailando en Cuba, un buen espectáculo televisivo… con algunas indefiniciones conceptuales.

A estas alturas es difícil, muy difícil ser original en la televisión, hasta el punto de que casi nadie exige originalidad absoluta a la hora de valorar un programa. Por supuesto que Bailando en Cuba (Cubavisión, domingos, 8:30 p.m.) ha tomado de aquí y de allá para armar su propuesta. Y en sentido general, los presupuestos del espectáculo son perfectamente funcionales.

Un poco más polémica resulta la estructura misma del concurso. Pero antes de entrar en especificidades convendría dejar algo establecido: poquísimas veces en los últimos años la Televisión Cubana ha logrado una factura de este nivel… si descontamos la más reciente edición de Sonando en Cuba, que asumieron prácticamente los mismos equipos de realización y producción.

Hay recursos y se nota. Pero además hay capacidad para utilizar esos recursos. El teatro Astral es un buen escenario: bien iluminado (algo destacable en el contexto de nuestra televisión), bien diseñado y equipado. El entramado técnico no desmerece. Estamos ante un despliegue inusual de cámaras que suelen mostrar tiros correctos y efectivos.

Si en un principio la edición fragmentaba más de la cuenta (a la manera de los videos clips), en los últimos programas permite apreciar mejor las coreografías. La banda sonora está a la altura, al menos en la transmisión convencional (puntualmente ha habido problemas en la versión para HD). Por último la infografía, el diseño de logos, cortinas, spots… superan con mucho lo que se hace habitualmente en la programación.

Persisten saltos e incoherencias inconcebibles en un programa en vivo, pero para todo el mundo ha quedado claro que Bailando en Cuba se graba… y nadie ha pretendido pasar gato por liebre en ese sentido.

No nos pongamos exquisitos: esta es una propuesta audiovisual extraordinaria para la Televisión Cubana. Enfatizar en las deficiencias de la puesta parecería extremismo.

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Ahora bien, en la competencia misma sí hay puntos para debatir. El primero, el más notable: la indefinición del concepto. ¿Este un concurso de bailes populares… o de “estilizaciones” de los bailes populares? ¿Esta es una competencia para bailarines o para bailadores? ¿Qué se pide primero aquí: el dominio de la tradición o la contundencia técnica?

La cuestión es que, viendo el programa, es difícil aventurar respuestas.

A estas alturas no queda muy claro qué es lo que va a premiar este domingo Bailando en Cuba. Todo parece indicar que la destreza, la suficiencia técnica, la espectacularidad de la coreografía y la manera de asumirla. De eso pueden presumir las tres parejas escogidas. Ahora, su capacidad para bailar un mambo, un son o un chachachá no nos consta demasiado.

Y no porque estas tres parejas no tengan la habilidad y la gracia para bailar como se manda esos ritmos (lo más seguro es que la tengan), sino porque los televidentes apenas hemos podido verlas demostrándolo.

Desde el primer programa quedó claro que se trataba de asumir pautas coreografiadas de esos bailes, recreaciones más o menos enfáticas, visiones de marcada vocación espectacular. No el baile en sí mismo, sino el baile pasado por un filtro.

Eso sin contar que algunas parejas (y sus coreógrafos) fueron más allá: desplegaron un arsenal de cargadas y otras proezas que más tienen que ver con la técnica de la danza moderna o el gran espectáculo de variedades que con las posibilidades de un bailador.

No es que eso esté mal. Pero hubiera sido mejor entonces que todos fueran bailarines profesionales, pues la competencia ha sido hasta cierto punto desleal con algunos de los concursantes aficionados.

La decisión de incluir una sesión de improvisación no ayudó mucho. Primero porque no parece que lo que han hecho las parejas en ese segmento haya influido demasiado en la decisión de los jurados (y si ha influido, no nos hemos enterado: nadie da explicaciones de por qué se “salva” a una pareja y se envía a otra a la zona de peligro… Y no bastan los comentarios después de las ejecuciones; ha sucedido que algunos han recibido solo elogios y así y todo no han sido “salvados”).

En segundo lugar porque al público televidente le resulta muy difícil distinguir particularidades cuando están bailando varias parejas a la vez.

A todas luces aquí van a ganar los mejores bailarines, no necesariamente los mejores bailadores (o puede que sí, pero —insistimos— no nos consta).

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La cuestión es que mucha gente ha querido ver en Bailando en Cuba una apuesta por promover-defender-potenciar nuestros bailes populares… y el programa no ha satisfecho del todo esa demanda.

De hecho, en no pocas coreografías ha tenido más peso la intención dramática, la construcción del entramado plástico y el diseño espacial que el baile en sí mismo.

Nada que objetar… si esos hubieran sido desde el principio los presupuestos. Pero el mismo eslogan del programa dice otra cosa: “¡Tira tu pasillo!” Para la generalidad del público mejor hubiera sido: “¡Míralo tirar!”

En Bailando en Cuba coexistieron (más o menos) dos programas: el concurso para los mejores bailarines, y el que se centra en las peculiaridades de nuestros bailes. Son dos programas posibles, perfectamente legítimos, pero de conciliación difícil, teniendo en cuenta la composición de las parejas.

La capacidad y los merecimientos del jurado están fuera de duda, pero por momentos pareció que ya no tenían mucho que añadir a lo ya dicho. Hubiera sido bueno ofrecerles más oportunidades para que aportaran sus conocimientos.

Obviamente, la primera temporada de un concurso sirve para medir su alcance y efectividad. El saldo aquí es positivo: que más de medio millón de cubanos se animaran a votar, es indicio de un impacto poco habitual en la teleaudiencia.

Pero para próximas temporadas hay que repensar algunas cuestiones. Valdrá la pena.

Acerca de jmanuelr

Universidad de Sancti Spíritus ¨José Martí Pérez¨

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